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domingo, 30 de junio de 2013

La marca España

 
En los últimos tiempos escuchamos, tal vez con demasiada frecuencia, eso de la “marca España” en boca de gobernantes, empresarios, portavoces y propagandistas… Nos hablan de ella como aquello que nos distingue y nos hace maravillosamente diferentes a otros pueblos del planeta, y de cómo hay que proteger y ofrecer esa marca al mundo, venderla bien, para al final triunfar y salir de la crisis gracias a esa nuestra muy peculiar y ventajosa idiosincrasia.

El problema, al menos para quien esto escribe, es identificar cuáles son los aspectos, valores y puntos que realmente conforman la “marca España”. Que, me temo, poco tendrán en común con los que pretenden vender nuestros mandatarios.
 
Spain is different, acuñaron desde aquel Ministerio de Información y Turismo franquista que dirigía con mano de hierro Fraga Iribarne, conocido demócrata de toda la vida. Desde siempre (al menos desde los fenicios, si no más atrás) hemos ofrecido al mundo nuestro sol, nuestros alimentos y materias primas, nuestra cultura, nuestro patrimonio artístico y natural y, por encima de todo, nuestra hospitalidad de pueblo mestizo y viajero.
 
Pero la contaminación incontrolada envenena nuestros suelos, aguas y aires, y el urbanismo depredador degrada nuestros pueblos y ciudades (por añadidura, la nueva Ley de Costas redactada a capricho de los gángsteres inmobiliarios acabará de destruir nuestras playas, y los horrendos proyectos de fracking destrozarán desde dentro nuestros montes). Los recortes presupuestarios y la emigración masiva de talentos están arrasando nuestra vida cultural. El panorama generalizado de desempleo, pobreza y represión tampoco parece animar mucho al turismo extranjero (¿pasaría usted sus vacaciones en un país cuyas tres estampas hoy mejor conocidas en el mundo son políticos corruptos impunes, ciudadanos buscando comida en la basura y policías antidisturbios desalojando familias de sus viviendas?). Al final, incluso esa naturaleza alegre y hospitalaria de los pueblos de España está dejando paso a esa tristeza, esa desesperanza y esa mala uva que nos embarga (¡seis millones de españoles aquejados de ansiedad crónica, dicen los expertos!). Y todo ello, por culpa precisamente de los mismos tipos que nos quieren vender la moto de la “marca España”, ¡jodo petaca!
 
Para tratar de dar un poco de consistencia a este espantajo de la “marca España”, sus publicitas han tratado de asociarla con los brillantes éxitos deportivos protagonizados por españoles en los últimos años. No en vano, ahí tenemos a los Nadal, Alonso, Lorenzo, Gasol, las selecciones nacionales de fútbol y baloncesto, algunos medallistas olímpicos y un largo etcétera. Pero seamos sinceros: el nuestro no ha sido nunca un país de deportistas, sino más bien de aficionados (a veces, forofos violentos) a ver deportes, desde un butacón o desde una grada, con copa y puro en la mano, y lanzando improperios al rival o al colegiado de turno. Mientras el deporte-espectáculo de masas mueve miles de millones al año, el deporte de base agoniza por falta de recursos y, sobre todo, nada ni remotamente parecido a la noble ética deportiva inspira a gobernantes ni gobernados.
 
Entonces, ¿dónde está la marca España? ¿En qué somos buenos? ¿Qué otras cosas podemos ofrecer y exportar al mundo? ¡Sin duda! Hay terrenos de la vida en los que somos, sin duda, pioneros y campeones, y eso lo destacan no solo los medios nacionales sino todos los medios del planeta, de Japón a las Malvinas y de Suecia al Senegal: multiplicamos los índices de paro y precariedad promedio de la Unión Europea, y nuestros jóvenes encabezan los índices europeos de emigración; tenemos fichados a buena parte de los mejores y más expertos pícaros, ladrones y especuladores de la clase política y empresarial europea y planetaria; gozamos de algunos de los medios de comunicación más degradantes y reaccionarios del hemisferio occidental y de la jerarquía eclesiástica campeona de sectarismo e intolerancia de todo el mundo cristiano; la Casa Real más chusca e impresentable del cada día más reducido club de regímenes monárquicos;...
 
¿Que cómo hemos conseguido todo esto? Pues, para empezar, y en la raíz de todo, sustituyendo la educación en valores y la ética del trabajo decente por una venenosa combinación de ambición e hipocresía, catecismo neoliberal y catecismo del Opus, maletín negro y pulserita rojigualda, en esa larga tradición de maestros trapisonda del forramiento hispánico de las últimas tres décadas de trincocracia democrática: Ruiz-Mateos, Roldán, Gil, Conde, Aznar, Rato, Blesa, Camps, Pujol, Díaz Ferrán, Dívar, Bárcenas, Urdangarín,...
 
Después de treinta años de palabras vacías y sobres llenos, han arrasado el país. Debajo de la “marca España” ya no queda nada. Somos otra vez un país de braceros (y de brazos caídos) sin más salida para millones de ciudadanos que la miseria o la emigración. Arruinada la finca, sus malos gestores la venden ahora por piezas a fondos de capital riesgo y otros piratas financieros, bajo las órdenes de Ángela Merkel, el Banco Central Europeo, los banqueros de Londres y los chupatintas de Bruselas. Y, entre tanto infortunio y tanta vergüenza, medio país o más sigue ciego, sordo, ignorante y feliz, mirando la TV o embruteciéndose en romerías, botellones y otros festejos. Esta es, hoy, la genuina “marca España”: la de la pobreza, la injusticia y la ignorancia. Y así seguirá sucediendo, mientras se lo permitamos.

lunes, 28 de febrero de 2011

Democracia, cultura y participación en Hervás

 
[Capítulo del libro de PEDRO BASTOS (ed.) Treinta años de ayuntamientos democráticos en Hervás, febrero de 2011]
 
Corría el año 1984 cuando llegué a Hervás con mi familia. Retornábamos a Extremadura, después de una larga estadía en tierras andaluzas, mediante el concurso de traslados para el cuerpo de maestros de enseñanza pública.
 
Yo ya conocía Hervás. Había paseado sus calles y recorrido su sierra entre 1973 y 1974, cuando ejercí en Aldeanueva del Camino, muy al principio de mi carrera de maestro. Me dio tiempo, además de para apreciar la sinfonía de piedra, agua y verde de sus paisajes, para compartir charla y vaso de vino con algunos de sus paisanos en las Cuevas del Calvo, regentadas por el amigo Lorenzo. En aquel espacio bohemio y entrañable se percibía rápidamente que tampoco en lo humano, en lo social y en lo cultural era Hervás un pueblo en blanco y negro, como sí lo eran otros muchos en aquella España de finales del franquismo.
 
Para 1984, cuando me incorporo al claustro del Colegio Público Santísimo Cristo de la Salud, estaba aún reciente la llegada de nuestra democracia. Aun después de la muerte del dictador, había pasado por momentos malos e, incluso, por momentos de temor. Algunos hervasenses notables en las filas progresistas, como Antonio Vázquez, Pablo Castellanos o Ángel Pérez, figuraron en las listas, elaboradas por los golpistas del 23 de febrero de 1981, con los nombres de los ciudadanos a los que hubieran encarcelado, torturado o asesinado de haber tenido éxito su cuartelazo. Hubo, también, otra lista de ámbito local, confeccionada parece ser que sobre una mesa de El Casino, con la idea de repetir el sistemático exterminio de vecinos de ideas progresistas que ya cometió el fascismo en Hervás tras el golpe militar del 18 de julio de 1936.
 
No ha habido después de aquella, afortunadamente, más amenazas de este tipo a la institucionalidad constitucional, y nuestra democracia, aún con todas sus carencias y debilidades, transcurre desde entonces con saludable estabilidad. Se han sucedido en Hervás, desde la entrada en vigor de la Constitución, los alcaldes, los concejales de gobierno y de oposición, y de todos ellos es preciso decir que, fueren del partido que fueren, merecen nuestro mayor respeto, por su compromiso con el servicio público desempeñado en la institución municipal.
 
Sin restar ni un ápice de valor a esta tarea institucional (a la que sin duda otros artículos de este libro prestarán la debida atención) yo quiero dedicar esta mirada al pasado reciente a otra perspectiva: la de la vida cultural y la participación ciudadana. Discurriendo unas veces de la mano de las instituciones y otras al margen de ellas, una esfera cultural y una sociedad civil activas, creativas y críticas son parte esencial e insustituible de una vida democrática plena, rica y saludable.
 
La actividad sociocultural fue, en el largo camino de salida del franquismo, cauce de expresión para la ciudadanía en su afán de escapar de la miseria moral, socioeconómica y cultural que se hereda de las dictaduras. Y muy especialmente, en las zonas rurales, donde se hace necesaria como antídoto a la mezquindad de las que el aislamiento puede hacer víctimas a sus habitantes. Por desgracia, no en todos los lugares ha pervivido con la misma intensidad aquel impulso cívico y cultural.
 
Resulta sumamente llamativo para cuantos descubren Hervás la gran vitalidad y el altísimo nivel de su actividad cultural, muy por encima de otras localidades de nuestra región que multiplican nuestra población. Son pocas las facetas de la creación artística que no tengan su reflejo en nuestra localidad, e incluso un recuento superficial y apresurado confirma la impresión de encontrarnos en un rincón culturalmente privilegiado de la geografía extremeña.
 
La actividad musical es saludablemente frecuente en Hervás. Es posible escuchar música en vivo en espacios públicos (en el Museo Pérez Comendador, en el Cine Juventud, en el Espacio de Creación Joven...) y en locales hosteleros privados (hay que mencionar, por su constancia, al Picaporte), en cuyos escenarios han actuado en los últimos años figuras importantes del rock, el jazz, el folclor, la clásica, el flamenco... Se hacen buenas músicas en Hervás, músicas dispares como las que, al cobijo de estas montañas, han creado la agrupación coral de Pepe Neria, grupos folclóricos Retama (que fundase la incansable y añorada Pilar Muñoz) o Lakaramba, bandas de rock como Dificultades Económicas o Luna Negra, charangas como Atupitanga... Músicos en plena madurez creativa como Ricardo Fournón o Julián Corral siguen alumbrando cotidianamente nuevos proyectos, mientras nuevas hornadas de músicos hervasenses se forman en la activa Escuela de Música que acoge entre sus muros robustos el Museo Pérez Comendador.
 
El Cine Juventud y el Cine-Club Pinajarro vivieron tiempos de esplendor y sobrevivieron con entera dignidad a la grave crisis de la exhibición cinematográfica en nuestro país (en ambos casos es preciso hacer mención al buen hacer y el amor al cine que durante tantos años dedicó Carlos Fernández a ambos proyectos). Ahora ambas instituciones viven una segunda etapa, a cuyas programaciones hay que sumar las veladas cinematográficas en las noches de verano de los jardines del Museo.
 
En el caso de las artes plásticas es necesario destacar, aunque sus actividades se extienden a otros muchos campos, el papel del Museo Pérez Comendador-Leroux. Primero dirigido por Aurora Martín y luego por César Velasco, el Museo nunca ha dejado de crecer y evolucionar, custodiando y difundiendo la obra del artista hervasense y de su esposa Magdalena Leroux, a la vez que trayendo hasta aquí importantes exhibiciones de artistas de muy diferentes períodos, procedencias y estilos. Por ejemplo, las vanguardias en las que ahora destacan las jóvenes artistas plásticas hervasenses Bárbara Bejarano, Virginia Rivas, Sara Fernández o Pilar Mesa. Sin olvidar un arte más joven, pero no menor, como la fotografía, que cultivan en Hervás Johnny García o Amós Fernández. Y sin olvidar tampoco el arte de nuestros otros artistas, los artesanos, que dan continuidad a las tradiciones del cuero, la cestería, la forja, la madera...
 
Otros espacios, fruto de la iniciativa pública y privada, han enriquecido también la oferta cultural local, como la Casa de la Cultura, la Galería 99, la sala de exposiciones de La Iguana, la Casa de los Títeres, el Espacio de Creación Joven...
 
Existiendo desde siempre otras actividades teatrales estimables, al hablar de teatro en Hervás hay que dedicar un justo protagonismo a Los Conversos, una multitudinaria representación teatral popular de la que centenares de hervasenses han sido partícipes de diferente forma (actores, músicos, técnicos, sastres, decoradores...) a lo largo de sus ya muchas ediciones. Los Conversos ha llegado a convertirse en todo un signo de identidad cultural de nuestra localidad y en todo un referente turístico dentro y fuera de Extremadura.
 
Acogiendo la Biblioteca Pública Municipal, dirigida primero por César Velasco y ahora por Jonás Sánchez Pedrero, el Museo se ha convertido también en la casa de las letras hervasenses, con sus constantes actividades de fomento de la lectura, sus concursos y publicaciones literarias... Hervás no ha estado nunca huérfana de buenos escritores, desde una figura consagrada de las letras castellanas como Víctor Chamorro (que, retornado por fin de su exilio madrileño, prosigue con energías renovadas su tarea creadora, ahora más y mejor difundida gracias a su propio sello editorial), hasta una joven promesa como Urbano Pérez, sin olvidar al poeta y flamencólogo Emilio González, que añadió a su nombre el “de Hervás” como gesto de cariño hacia su localidad de origen. Y reservando una mención especial, y llena de cariño, hacia Valentín Ginés, del linaje de Heráclito y de Krishnamurti, caminante que encontró en nuestro pueblo un momento de descanso y que nos retrató en una serie de libros entrañables y conmovedores, para luego marcharse como vino: sin hacer el menor ruido.
 
Un lugar central en la vida cultural de nuestra localidad lo ha jugado desde hace muchos años Radio Hervás, primero como radio asociativa y hoy como emisora municipal, ante cuyos micrófonos han estado tantos hervasenses de muy distintas edades e inquietudes al cargo de espacios informativos, musicales, literarios... Al empeño y buen oficio periodístico de su actual director, Marcos Díaz, debemos también la iniciativa de La Crónica de Ambroz, que pone en negro sobre blanco la actualidad de nuestro valle desde hace más de un lustro.
 
Vitalidad cultural y compromiso cívico son frutos de un mismo sustrato. Por eso a este repaso a nuestra vida cultural quiero añadir, aún brevemente, el de algunas otras actividades, de orientación a la vez cultural y sociopolítica, protagonizadas por la sociedad civil hervasense a lo largo de los últimos años.
 
En defensa de la paz y la libertad se ha echado la ciudadanía hervasense a la calle no pocas veces en los últimos años. En 2003 contra la guerra de Irak, en 2006 contra la guerra de Líbano y en 2009 contra la guerra de Gaza, Hervás ha sido, en proporción a su población, un rincón extraordinaria y ejemplarmente sensibilizado y movilizado de la geografía española (y en las tres ocasiones hay que hacer mención especial al compromiso y al empeño de nuestro conciudadano Gabriel Jiménez). Y ahora mismo, a comienzos de 2010, cultura y solidaridad se reúnen en apoyo del pueblo haitiano tras el desastre natural, en una iniciativa ciudadana organizada y difundida desde las redes sociales en internet.
 
A las sucesivas plataformas ciudadanas que han impulsado estas convocatorias hay que sumar la actividad de movimientos sociales como el Ateneo Libertario de Hervás, que ha promovido asambleas, debates y otras actividades en torno a materias como el medio ambiente, los derechos civiles, la igualdad de género... También el Colectivo Ambroz de Ecología Social, que realiza cotidianamente distintas actividades sobre agricultura ecológica, cambio climático, energías... (ambos colectivos están ahora implicados en el recién inaugurado Centro Social La Barajunda, un espacio autogestionado dedicado a la actividad social y cultural). Sin olvidar un activo movimiento cívico de recuperación de la Memoria Histórica, del que participan jóvenes y mayores, y que poco a poco nos va devolviendo un pedazo, tanto tiempo robado, de nuestra historia y de nuestra dignidad.
 
Inevitablemente, en este repaso apresurado se han quedado muchos nombres en el tintero, y pido disculpas por ello. Pero hay uno que quiero mencionar muy expresamente antes de terminar. Entre los estudiosos, incansable y tenaz, altruista y honesto, recio y sensible, noble y coherente, está nuestro buen amigo Pedro Bastos, que dedica buena parte de su tiempo al servicio a la comunidad, unas veces como concejal, y otras impulsando proyectos como esta publicación, ayudándonos con ello a recuperar la historia reciente de nuestro pueblo. Gracias, Pedro, por tu ejemplo de ciudadanía.

martes, 30 de noviembre de 2010

En defensa del laicismo. Sobre Iglesia y democracia en España


"Mirad, Señor, cómo llora España porque acaba de perder a quien le dio la paz, la tranquilidad, el progreso, la tecnificación, la elevación del nivel de vida, la industrialización,... Pidamos a Dios que ponga en la balanza del amor y del premio los sufrimientos, los ardores, toda la vida de gigante del espíritu de Francisco Franco, Generalísimo y Caudillo de España". Con estas palabras se dirigía a sus fieles el obispo de Coria-Cáceres, monseñor Manuel Llopis Iborra, en su homilía del 21 de noviembre de 1975, horas después de la muerte de Franco: un buen ejemplo de como la Iglesia española despedía con honores al dictador, de cuyo régimen había sido cómplice y beneficiaria desde su primera hora.

Acostumbrada a su condición de protegida y protectora del poder político desde la misma invención de España por parte de los Reyes Católicos, la Iglesia Católica española se opuso a la Constitución liberal de 1812 como más tarde se opondría, tras la promulgación de nuestra II República, a la Constitución de 1931. Una Constitución racional, moderna, equilibrada, que suprimía algunos de los inaceptables privilegios de los que había gozado la Iglesia durante los siglos precedentes. Esto provocó entre sus jerarcas un comprensible rechazo: religiosos como el cardenal Segura se convertirían en tenaces enemigos de una República que pretendía separar las instituciones eclesiásticas de la vida política para alcanzar un Estado laico con una separación Iglesia-Estado real, en el que se reconociesen la libertad de culto y derechos como el matrimonio y el entierro civil, el divorcio... Los años de la República fueron años de constante y tremenda tensión entre el poder civil democrático y la Iglesia, cuyo clero y sectores ultras se opusieron por sistema y virulentamente a los cambios, crispando insoportablemente la convivencia social.

Viéndose rechazada en sus pretensiones reaccionarias por la fuerza de las urnas, la Iglesia española, y con ella el Vaticano, van a legitimar la sublevación militar franquista, y apoyarán durante décadas al inmisericorde régimen fascista que surge de ella. Tras el golpe de Estado del 17 de julio de 1936 y durante toda nuestra atroz Guerra Civil, la Iglesia española hizo causa común con una parte del Ejército, la derecha “democrática” de la CEDA, la Falange de Primo de Rivera y los grandes capitalistas y terratenientes españoles en su Guerra Santa o Cruzada Nacional. En su nauseabunda “Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España” (9 de julio de 1937) la jerarquía católica en pleno decía que la República y su gobierno legítimo eran un “enemigo sin entrañas” y “una historia horrible de atropellos a la justicia, contra Dios, la sociedad y los hombres”, y que los golpistas se habían alzado en armas “para salvar los principios de religión y justicia cristiana que secularmente habían informado la vida de la Nación española”. El 1 de abril de 1939 el bando nacional-católico se alza con la victoria, que el cardenal Isidro Gomá o el cardenal Enrique Plá y Deniel atribuyen directamente a la mano del Altísimo. Matanzas como la de Badajoz, fosas comunes como la de Mérida, campos de exterminio como el de Castuera, contaron no sólo con la complicidad entusiasta de la Iglesia católica española, sino con la bendición de Pío XI y la felicitación posterior de Pío XII.

¿A cambio de qué? Los sucesivos acuerdos de Franco con el Vaticano en los años 40 culminaron con el Concordato del Estado español con la Santa Sede de 1953, que reconoce expresamente la confesionalidad del Estado, el obligatorio y uniforme catolicismo de los españoles, la consideración de Franco como enviado de Dios,... En suma: una dictadura de militares y curas. Un romance que dio como resultado una Iglesia franquista y un régimen confesional, y que duró hasta la misma muerte de Franco. La Iglesia ejerció durante la dictadura como vigilante de la vida social, moral, intelectual y política en cualquier núcleo de población del Estado español, en los que los curas fueron “fuerzas vivas” imprescindibles, con un protagonismo que quedó reflejado en los Fueros y Principios del régimen franquista. Nunca faltó un sacerdote, obispo o cardenal al lado de Franco en casi cada acto público durante esos cuarenta años, mientras las fachadas de miles de iglesias españolas se adornaron con esas placas de “Caídos por Dios y por España” que aún hoy, inexplicablemente, perviven.

Pero, si la total adhesión al régimen de la jerarquía católica es incuestionable, no puede decirse lo mismo de sus bases. En los años 60, grupos cristianos obreros (ACE, HOAC, HOC,...) comienzan a levantar, desde las mismas entrañas de la comunidad y los valores cristianos, un movimiento de oposición a la dictadura. Un movimiento que se hará masivo en la década de 1970 y alcanzará, no sólo a fieles y curas, sino también a obispos y teólogos, en la estela renovadora y aperturista del Concilio Vaticano II. Del otro lado, grupos integristas como los Guerrilleros de Cristo Rey o Fuerza Nueva se convirtieron en los más celosos y violentos guardianes de una dictadura moribunda.

La agonía de Franco anuncia la inminente Transición, y en ella encontramos una Iglesia de la apertura y la reconciliación (la de monseñor Vicente Enrique y Tarancón) y una Iglesia que sigue anclada en la Cruzada (monseñor Marcelo González, monseñor Guerra Campos,...), que en ocasiones entran en abierto conflicto (“Tarancón al paredón”, solían vociferar los más energúmenos). Muchos cristianos de base se integran en organizaciones progresistas (PCE, PSOE, CCOO, PT, ORT,...) y muchas parroquias se convierten en focos de incesante agitación obrera y democrática. Siendo imposible oponerse a la marea, la Iglesia decide nadar con ella y, de manera sincera en algunos casos y oportunista en bastantes otros, la jerarquía va dejando a un lado su histórica fidelidad al Régimen. Y así consigue, de nuevo, posiciones de privilegio en la Constitución de 1978. En 1979 se establece el nuevo Concordato, ambiguo, confuso, inconstitucional, de nuevo beneficioso para la Iglesia y una pesada rémora para el Estado en asuntos como la enseñanza de la religión, los símbolos religiosos, la financiación de la Iglesia... Así fue que España pasó de ser una dictadura bendecida por los obispos a ser una democracia tutelada y restringida por ellos.

Desde entonces, la Iglesia no ha dejado de ser un pesado lastre para nuestro progreso social y la extensión de nuestros derechos de ciudadanía. Incluso ahora, con un nivel inédito de desafección social en nuestra historia (cada vez menos bodas y entierros religiosos, cada vez menos fieles en las iglesias, cada vez menos vocaciones en los seminarios...), sigue la Iglesia batallando por mantener sus prebendas y sabotear cualquier proyecto legislativo que ahonde en la aconfesionalidad del Estado y la autonomía intelectual y moral de los ciudadanos.

El último ejemplo de esta constante injerencia en los asuntos civiles han sido las improcedentes, inoportunas y mendaces declaraciones del papa Benedicto XVI, durante su reciente visita a Santiago y Barcelona, sobre el supuesto “laicismo galopante” en España, similar según Ratzinger al de nuestra II República... ¡Más quisiéramos algunos! Inexplicablemente, la Iglesia ha vuelto a disponer en esta ocasión de cuantiosas ayudas económicas de las instituciones públicas (o sea, del dinero de todos nosotros) para subvencionar su labor pastoral y, de paso, leernos el catecismo a los ateos, agnósticos y cristianos progresistas españoles por nuestros pecados, mientras su jerarquía sigue instalada en sus riquezas, alejada de la humildad del Evangelio, sin pedir perdón ni mostrar arrepentimiento o autocrítica alguna por sus barbaridades históricas y sus terribles atentados contra la libertad. Y para mayor escarnio, el rey Juan Carlos agradece la vista papal y la considera “un acto de generosidad”, ¡manda trillos la cosa! ¿Generosidad para con quien? ¿Para con los parados? ¿Para con los pensionistas? ¿Para con los dependientes? ¿Para con los inmigrantes? ¡Ya está bien!

Hace 35 años que este país se libró del dictador genocida que tiñó de opresión y dolor la vida de varias generaciones de españoles. Nuestra democracia está más que madura para dejar atrás tabúes, cortapisas y chantajes. Ya va siendo hora de consumar una efectiva separación Iglesia-Estado que nos libere de la tutela teocrática que ha ensombrecido la historia de España desde hace ya demasiado tiempo. Hacen falta ya la denuncia del Concordato y una Ley de Libertad Religiosa respetuosa de las creencias de todos, pero severa en su defensa de un Estado plena y consecuentemente aconfesional. ¿Tendremos que esperar aún mucho más para ver cumplidas estas legítimas y mesuradas aspiraciones cívicas?

miércoles, 6 de octubre de 2010

Gritemos. Sobre la deportación de gitanos en Francia


Nicolás Sarkozy, presidente de la República Francesa e hijo de inmigrantes (húngaro el padre, griega la madre), está expulsando de su país a miles de ciudadanos rumanos y búlgaros de etnia gitana (es decir, a ciudadanos de países europeos, miembros de pleno derecho de la Unión), apoyándose en argumentos y empleando procedimientos que solo pueden llenar de asco y de rabia a cualquier ser humano que conozca y respete mínimamente los preceptos contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo Quinto reza: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos y degradantes”.

Estas deportaciones masivas e indiscriminadas, estas bestiales cacerías de niños, adultos y ancianos, son, y digámoslo sin eufemismos, un acto inequívocamente racista, un acto de genuino fascismo. Una barbarie de Estado cometida, y tal vez esto sea lo más preocupante, con el voto y la complicidad de media Francia, y con la tibia reacción (salvo un puñado de honrosas excepciones) del resto de Estados de la Unión Europea, de la Comisión Europea, de Naciones Unidas...

Nicolás Sarkozy, mediocre estudiante, histrión megalómano, político conspirador y trapichero, de escasa talla intelectual y repulsiva textura moral, emprende esta cruzada racista justo en el momento en que es investigado por la prensa y los jueces por su implicación en oscurísimos trasuntos financieros que enredan a algunas de las mayores fortunas de Francia. Calculando el impacto que estas investigaciones puedan tener en sus perspectivas electorales, Sarkozy ha decidido echar las redes en el caladero de votos de la extrema derecha de Le Pen, imitando a Berlusconi (que ya gobierna en coalición con la derecha neofascista y con el apoyo de la mafia, y utiliza desde hace años a los inmigrantes como chivo expiatorio de todos los males de Italia), y con la complicidad del PP europeo. Mientras tanto, liberales, socialistas, verdes y comunistas europeos sólo consiguen pactar un tibio rechazo del Parlamento Europeo, que no se traducirá en ninguna acción ni medida concreta para frenar esta ignominia.

De sobra sabemos que no existe la discriminación por ser extranjero, ni de otro color, raza, sexo o religión. La única discriminación es la de la miseria. No hay rechazo al extraordinario deportista negro, ni al gran bailaor gitano, ni al genial modisto gay, ni al jeque árabe que varias semanas al año ocupa en exclusiva con su séquito un hotel, una playa y una clínica en la costa mediterránea. Pero se mira con recelo y desprecio al que duerme bajo cartones, en un cajero, en el metro, bajo un puente o en parque más cercano. Políticos populistas de extrema derecha como Berlusconi o Sarkozy se aplican en encender estos sentimientos, y ganar votos a costa de cargar sobre la espalda de los excluidos todo el malestar social que provocan las acciones de políticos corruptos, especuladores financieros, patronos abusivos, empresas contaminantes, mafias que esclavizan inmigrantes, clérigos pederastas, gobiernos adictos a la guerra...

No se acaba con la exclusión social con medidas discriminatorias. Y menos aún, con comportamientos fascistas como los de Nicolás Sarkozy. La integración vendrá de la mano de normas de convivencia que todos debemos respetar, pero también de un derecho justo y real al trabajo, a la sanidad, a la educación, a la vivienda... Aplíquense las leyes al individuo concreto que las infringe: al gitano y al payo, al negro y al blanco, al autóctono y al recién llegado... Y paremos, de una puta vez, esta oleada maldita de cortinas de humo que, a beneficio de los grandes delincuentes de Estado y Mercado, castigan colectivamente a ciudadanos que, al padecimiento de la exclusión social, deben añadir ahora el horror de la persecución.

Europa camina de vuelta hacia el fascismo. Releamos a Walter Benjamin, releamos a Antonio Gramsci, releamos a Primo Levi, releamos a Marcos Ana, releamos a Anna Frank... Esa es, otra vez, la Europa que viene. Releamos a las víctimas del fascismo, conmovámonos con su sufrimiento y tomemos lección de sus experiencias. Y luego, en lugar de callar, llorar o rezar en silencio, tomemos las calles y las plazas, y gritemos.

[Publicado originalmente en el nº 7 (septiembre de 2010) de Ambroz Información. Edición digital en http://www.radiohervas.es/]

domingo, 22 de agosto de 2010

Altar y trono (y crisis). Sobre las próximas visitas papales a España


En fechas recientes, el rey Juan Carlos pidió solemnemente al Apóstol Santiago ayuda en todos los sentidos: para superar las dificultades económicas, para vencer al terrorismo, para que estemos unidos y orgullosos de ser españoles, para que generosamente ayudemos a resolver los problemas ciudadanos y (lo que se nos antoja aún más difícil) para que ilumine el juicio de nuestros políticos.


Reflexionemos sobre este asunto a ver si conseguimos poner un poco de luz en medio de tanto Divino Misterio: en un Estado supuestamente aconfesional (que tal cosa figura en nuestra Constitución, aunque no lo parezca a la vista de tanto alcalde en procesión y tanto cura en el colegio), el máximo representante de una institución tan anacrónica como la monarquía (es decir, el rey, al que ni usted ni yo hemos tenido la oportunidad de votar) le pide a la estatua de un santo (que murió hace casi 2000 años y a 4000 kilómetros de distancia de Santiago de Compostela) que arregle nuestra crisis económica y el resto de los problemas que nos afectan. O sea, que haga el milagro de sustituir la floja gestión de nuestros representantes democráticos y convierta este desbarajuste de país en el País de las Maravillas (donde Alicia será, naturalmente, una reina).

Ni Iker Jiménez en su programa “Cuarto Milenio”, sobre fenómenos paranormales, se atreve a dar una noticia como esta con la pasmosa naturalidad con que la ofrecieron los medios de comunicación (que, por lo visto, deben pensar que la ciudadanía española es mayoritariamente imbécil, o sigue recluida en las mazmorras psicológicas y culturales de la Edad Media).

Pues bien, en el caso de que la estatua del Apóstol Santiago no hubiera oído o prestado atención a las palabras del rey, no debemos preocuparnos: este otoño (6 y 7 de noviembre) viene de visita a España el Santo Padre, que suponemos goza de más cercanía y predicamento con el Apóstol. Viene a bendecir el Año Santo compostelano y, de paso, a consagrar el templo de la Sagrada Familia de Barcelona. En agosto de 2011 volverá, en esta ocasión a Madrid, a celebrar una Jornada Mundial de la Juventud. Sumado todo ello serán alrededor de tres días de visita papal (como pastor supremo de una religión y no como jefe del Estado Vaticano, quede claro). No sabemos si estas visitas nos ayudarán o no a salir de la crisis, pero sí que la broma nos costará 50 o 60 millones de euros. ¿Han oído ustedes bien? Para mejor entendernos: la friolera de unos 10.000 millones de pesetas de las de antes.

Semejante pastizal no lo aportarán a escote los fieles seguidores de la mencionada religión, la Conferencia Episcopal o el propio Vaticano. Lo pagaremos todos, bien por la vía de los gastos asumidos por las administraciones públicas (organización, seguridad, escenarios, pantallas gigantes,...), bien mediante el patrocinio de 40 grandes empresas que, tras correr con los gastos, nos los repercutirán luego a los consumidores en la factura, y encima se beneficiarán después de jugosas exenciones fiscales. Resulta difícil creer que estas empresas, colaborando con la jerarquía eclesiástica, están financiado un futuro chalecito en un paraíso celestial que no merecen y en el que no creen. Simplemente, están mejorando el paraíso del que ya disfrutan en la Tierra sus directivos y consejeros, hinchando aún más sus abultadas cuentas corrientes y su antidemocrática influencia política.

En su momento, conoceremos las cifras definitivas del evento y sabremos con detalle quiénes se han hecho cargo de ellas. Será interesante saber si, como ocurrió en la anterior visita papal a Valencia, será alguna trama mafiosa (como la de los “chicos de la Gürtel”) la encargada de algunos aspectos de la organización. Y también veremos si el Santo Padre mostrará de nuevo su tradicional afán de injerencia en los asuntos civiles de nuestro país, leyéndonos el catecismo y amenazándonos con todos los males del infierno si votamos lo que a él y a sus colegas purpurados no les sale del anillo que votemos.

Mientras tanto, dice el gobierno que es un acontecimiento “de interés especial”. En condiciones normales sólo sería un evento especialmente caro. En las actuales circunstancias (4 millones y medio de parados, un 20% de la población rozando o por debajo del umbral de la pobreza,...) es una grosera e injustificable puñalada trapera en el corazón de tantos hombres, mujeres, ancianos y niños que están pasando las de Caín para sobrevivir.

Hace años, ya casi ni se oye, nos hacían ver desde publicaciones de izquierdas los tractores que podrían comprarse por el precio de un avión de combate, o las semillas y abonos que podrían sufragarse con lo que costaba un tanque. Pensemos por un momento lo que podría hacerse con el dineral que costará esta visita si el presidente de la Conferencia Episcopal, el presidente del Gobierno y el rey le dijeran al Papa que se quedara en casita rezando el rosario. Respecto a los cuarenta grandes empresarios, mejor no decirles nada; si acaso, recordarles desde nuestra ingenuidad que “los ricos son tan pobres que sólo tienen dinero”, y que, a lo que se trasluce de su bien conocido comportamiento rapaz e insolidario, su verdadera religión no tiene más santo que San Beneficio, ni mejor templo que los bancos suizos y los paraísos fiscales caribeños.

Ciudadanos y ciudadanas: a la vista de tamaño latrocinio revestido de superstición, ¿no sería ya la hora de despertar?

viernes, 16 de julio de 2010

Estado de cosas. Sobre crisis, entretenimiento y ciudadanía

Recientemente los países del G-20 se reunieron en Toronto (Canadá) para no adoptar, naturalmente, ni una sola medida sobre el sistema financiero, ni sobre el cambio climático, ni sobre nada (aunque sí se repartieron, como ya es costumbre, unos cuantos y enérgicos mandobles policiales entre los pacíficos manifestantes antiglobalización).


Mientras los mandatarios del G-20 fingen debatir sobre el futuro del mundo, continúa la sangrienta escabechina en Irak, Afganistán, Pakistán o Palestina, y la hambruna y la miseria crónicas en los lugares de siempre; paralelamente, seguimos destruyendo el planeta (agua, tierra, aire, vida) que deben heredar nuestros hijos, y levantando muros reales o virtuales de odio y discriminación; a la vez, vemos como se van descafeinando nuestras democracias, y se degradan las conquistas populares y sindicales habidas desde la Revolución Francesa...


Y, en fin, contemplamos impertérritos esta brutal crisis económica, que unos pocos han creado y otros muchos padecemos, y que es también una monumental crisis de valores éticos y cívicos.


Dejando a un lado la realidad internacional para ceñirnos a nuestro país, tampoco es fácil encontrar un hueco para el optimismo. Según le apetezca a los medios de comunicación (casi todos ultraconservadores o neoliberales, salvo dignas y contadas excepciones) hoy se hablará del burka, de los crucifijos, de la reforma laboral, de los homosexuales, del Estatut, del aborto, de las próximas visitas papales, de Cuba, del paro, de la inmigración, de la violencia de género.,… todo ello desde un punto de vista reaccionario, cuando no abiertamente inquisitorial.


Más difícil resulta encontrar en los medios trabajos serios de investigación sobre el sistema financiero o sobre la corrupción política, por ejemplo. Tal vez porque, llegados a este punto, ya se considere normal que una parte de la clase política, llevada por la ambición, se deje manipular por los poderes empresariales y financieros. Y quizás porque de la usura parasitaria de la banca no es necesario hablar: forma parte de su propia naturaleza, como les ocurre a algunos insectos y arácnidos (las garrapatas, por ejemplo). La ciencia distinguiría entre políticos corruptos y banqueros, hablando de la avaricia adquirida y la congénita.


Pero no todo van a ser malas noticias. España conquista los más elevados honores futbolísticos y la bandera, tanto tiempo en manos de la ultraderecha, vuelve a ser patrimonio de muchos, a la vista de las calles y los balcones patrios. Millones de trabajadores en paro, miles de personas dependientes sin atención, cientos de familias desahuciadas de sus hogares,... ¿qué importa todo eso si se ha conquistado la Copa del Mundo?


Asimismo, hay una noticia a nivel internacional que no quiero dejar pasar de largo por su trascendencia histórica: la reciente boda de la princesa sueca con su entrenador personal, un joven plebeyo. Aristócratas y otros grandes del mundo asisten invitados al evento (incluidos, claro esta, varios miembros de la realeza española) oficiado naturalmente por altos representantes de la Iglesia. Mientras, las clases populares consumen con voracidad todo lo relacionado con el hecho y sus circunstancias (trajes, almuerzos, regalos,…) como si del cuento de Cenicienta/o se tratara (¡es que el novio podría haber sido nuestro hijo!).

Confieso que, aunque tampoco me interesan un pimiento, prefiero las bodas de toreros con folclóricas o de actores con modelos, sobre todo porque las celebran con su dinero, y no con el de los sufridos ciudadanos y contribuyentes. Esto no lo digo gratuitamente: el coste de la boda se cifró en... ¡diez millones de euros! Ya sé que ella, la princesita, como sus regios papás, están ahí por la gracia de Dios (el Señor es a a veces muy gracioso), pero también me consta que ni uno sólo de esos euros ha sido ganado por ella, ni por sus papis, ni por los invitados, ni por los oficiantes, con el sudor de su frente.

A ver si espabilamos o dejamos de mirar para otro lado, pues mientras el mundo lo gobierna un tal Mercado (¿a ese señor quién le ha votado?), nos distraemos alelados y alienados con partidos de fútbol, visitas papales, bodas de cuento de hadas,… esperando que nuestros hijos participen del gran casting nacional para ser artistas, niños prodigio, famosillos de reality-show, políticos corruptos,… en lugar de ciudadanos formados, honrados y solidarios. Y, lo que es peor, asistiendo desmovilizados a la desaparición de los peldaños de libertad, justicia, democracia, derechos civiles,… laboriosa y sacrificadamente escalados por nuestros abuelos, por nuestros padres y por nosotros mismos tras muchos años de lucha.

(Una pincelada de conciencia en este panorama de sombras: las francas y contundentes palabras de Carlos Martínez (en Youtube: parte I, parte II, parte III), presidente de ATTAC-España, entrevistado por Iñaki Gabilondo en CNN+. ¿Qué exige el movimiento social ATTAC? Justicia fiscal, que paguen más los que más tienen, que termine el fraude los paraísos fiscales, que se impongan tasas a los especuladores financieros, que se protejan los servicios y las pensiones públicas... Quizás sea el momento de sumarnos todos a ATTAC, ¿no creen? Pueden hacerlo en http://www.attac.es/)

jueves, 25 de febrero de 2010

Camino de Monfortiño. Algunas reflexiones sobre la situación política española


Es posible que el lector o lectora se sintiesen, como yo me sentí, muy cercanos al presidente Rodríguez Zapatero cuando decidió el fulminante retorno de nuestras tropas de la inmoral e ilegal guerra de Irak; o cuando promovió la Ley de Dependencia o la reforma del Código Civil, puntas de lanza en Europa en materia de derechos sociales y de ciudadanía; o cuando procuró, sin éxito pero con nobleza y altura de miras, acabar con la lacra del terrorismo por la vía del diálogo; o cuando abordó, con inteligencia y sin dogmatismos, la reforma de los Estatutos de Autonomía; o incluso cuando, más recientemente, pronunció su acertado discurso de defensa de los desfavorecidos y respeto a la diversidad durante el "desayuno de oración" con Obama en Washington...
Tal vez el lector o lectora, como también me ocurrió a mí, sintiesen un tanto aguada esa cercanía cuando el presidente prescindió de los excelentes ministros Cristina Narbona (Medio Ambiente) y Jesús Caldera (Trabajo y Asuntos Sociales) después de ser reelegido en 2008; o cuando dejó a medias, tras muchas concesiones a la derecha, una Ley de Memoria Histórica que sólo en parte recoge las legítimas aspiraciones de las víctimas de la dictadura franquista; o cuando no se atrevió a meter mano en el humillante Concordato con la jerarquía vaticana (la Gran Hipócrita, que diría nuestro buen amigo Víctor Chamorro); o cuando dio marcha atrás en su promesa electoral de empezar a cerrar las centrales nucleares en favor de fuentes de energía más saludables y sostenibles; o cuando, a la hora de poner remedio a los estragos de la crisis, decidió meter una enorme saca de dineros públicos en las arcas de la banca y sólo una pequeña huchita en el bolsillo de los parados...
Cabe preguntarse si las últimas elecciones generales las ganó realmente el Partido Socialista, o si más bien fue su candidato el que recogió muchos "votos prestados" de aquellos electores, situados ideológicamente a la izquierda o muy a la izquierda del PSOE, pero razonablemente satisfechos tras una primera legislatura ejemplar (y también razonablemente aterrorizados ante la derecha ultramontana y revanchista del "¡se rompe España!"). Y quizás eso pueda explicar que ahora, cuando las condiciones económicas han empeorado tanto y el gobierno ha visto tan adelgazado su balance de éxitos, no sean muchos los ataques contra el PSOE, y sin embargo se generalice una feroz campaña de acoso y derribo obsesivamente personalizada contra Rodríguez Zapatero.
Bienvenidas sean, sobre todo en tiempos de zozobra e incertidumbre como estos, la crítica constructiva y la propuesta de alternativas... Pero, ¿es esta la actitud de la oposición? No. Lo que hay es una machacona campaña de destrucción personal y política del presidente. No hay un sólo día que el Partido Popular no convoque un acto o rueda de prensa, sin más objeto que la descalificación destructiva, a cargo de los Cospedal, Sáenz de Santamaría, González Pons o Montoro, ahora con el acompañamiento de los fracasados Arenas y Floriano (vividores vitalicios de la política, a pesar de sus reiterados fiascos en las urnas). Una chirriante orquestina que (bajo la batuta del impresentable Federico Trillo y con partitura firmada por José María "que vuelvo, que vuelvo" Aznar), toca una y otra vez la melodía, ya bien conocida de la anterior legislatura, del más repulsivo carroñerismo político, con el único fin de recuperar como sea, y al precio que sea, la "finca España" que esta derecha asalvajada considera suya, desde siempre y para siempre, digan lo que digan las urnas... ¿Qué hay que hacer para conseguirlo? ¿Envenenar la convivencia jugando la carta de la xenofobia contra los inmigrantes? ¿Manipular políticamente el terrorismo y a sus víctimas? ¿Hacer propuestas dementes y retrógradas sobre la cadena perpetua o el encarcelamiento de niños de doce años? ¡Pues adelante! Parece que nunca le faltan voluntarios a la derecha española para esta faena inmunda de cultivar la mentira y cosechar el odio...
Para colmo de males, la derecha parece no estar sola en esta tarea de destrucción personal del presidente Rodríguez Zapatero. Si no, ¿cómo entender las críticas desabridas y desleales de la cadena SER o del diario El País, o las salidas de pata de banco de Joaquín Almunia, Felipe González o José María Barreda, cuestionando la capacidad y las decisiones (no por casualidad, casi siempre las más progresistas) del presidente? Y a todo este fuego desde ambos flancos contra el inquilino de La Moncloa, hay que sumar las constantes embestidas de la Conferencia Episcopal, con el inefable Gran Inquisidor Rouco Varela a la cabeza (contra el derecho al aborto, contra el matrimonio gay, contra la Educación para la Ciudadanía...), o los palos de ciego de una Justicia incapaz de tirarle siquiera un bocadito a los turbios tejemanejes de los Fabra, Camps o Bárcenas, pero sí dispuesta a poner en la picota al (por otro lado, no siempre acertado ni defendible) juez Baltasar Garzón, por haber tratado de esclarecer judicialmente los crímenes del fascismo y reparar la memoria y el honor de sus víctimas... ¡Vivir para ver!
Posiblemente, y ante el riesgo de acabar perdiendo definitivamente los nervios ante este panorama desolador, lo mejor para el ciudadano de izquierdas sea tomar el camino del exilio, aunque sea en la tan cercana como hospitalaria Monfortiño. Al menos en Portugal no se celebra el 20-N con manadas de energúmenos bufando vivas a Franco con el brazo en alto por las calles (sin que, por cierto, la autoridad competente tome las oportunas medidas al respecto), sino un deslumbrante 25 de abril de claveles encarnados y entusiasta adhesión a los valores de la democracia. La alternativa a este exilio sería, claro, una valiente y decidida movilización de la ciudadanía progresista y la clase trabajadora de nuestro país, que ponga freno a las ansias reaccionarias de la derecha, y que devuelva a nuestro presidente y a su gobierno a la vereda genuinamente progresista de su primer mandato. Pero esa es otra historia, de la que hablaremos más adelante...
Publicado también en El Plural

miércoles, 20 de enero de 2010

Una moderna Inquisición. Sobre la ofensiva oscurantista de la Iglesia Católica española


En 2009, el Día de los Santos Inocentes no se celebró el 28 de diciembre, como es tradicional, sino el 27. Ese día tuvo lugar en Madrid la tercera Misa de la Sagrada Familia convocada por la Iglesia Católica española. El evento contó, ¡cómo no!, con los permisos, las medidas de seguridad y el Palacio de Congresos, cedidos graciosa y gratuitamente por el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, que además prestó su canal autonómico Telemadrid para retransmitir en directo un acto que se presumía multitudinario pero en el que, finalmente, sobraron 950.000 del millón de hostias a tal efecto consagradas por la autoridad eclesial competente.


Como en anteriores ocasiones, se dieron cita en el Paseo de la Castellana organizaciones religiosas ultraconservadoras, la jerarquía de la Conferencia Episcopal española, obispos, cardenales y fieles españoles y europeos, para proclamar una vez más que el aborto, el divorcio y los matrimonios gays son los culpables de todos los males del mundo, y que el gobierno socialista, sin mencionarlo, es el responsable material y espiritual de que todos estos males tengan lugar.


La ofensiva navideña de la Iglesia Católica no se limitó a esta "misa de campaña" en Madrid. El 28 de diciembre pudo leerse en varios medios de tirada nacional un repugnante simulacro de esquela, cuyo texto rezaba así: "Por todos los niños/as víctimas del aborto. Víctimas inocentes que fallecieron en España antes de nacer durante el año 2009". Luego, rogaba a Dios por la conversión de los autores y cómplices de estas muertes (o sea, los millones de ciudadanos y ciudadanas que no comulgamos con sus principios). Y en la tarde del día 5 de enero, los Reyes Magos se vieron acompañados en su cabalgata de Madrid por una chabacana e insultante carroza antiabortista que, supongo, abre la veda a la participación en este acto de todo tipo de organizaciones y reivindicaciones (siempre y cuando gocen, claro, de la simpatía de los dirigentes políticos del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid).


Resulta cada vez más difícil convivir con gente que, para defender sus ideas morales, intenta imponérnoslas, y para descalificar las nuestras, nos califica, entre otras lindezas, de infanticidas. Bastante tenemos ya con ver cómo todas las ferias y fiestas acaban contaminadas por algún matiz religioso, incluyendo las más laicas y civiles, para complacer las ansias de influencia y protagonismo de los jerarcas de la Iglesia, como para que encima tengamos que soportar que nos insulten tan grave y sistemáticamente.


No es extraño, por otra parte, que esta gente no respete las leyes civiles referentes al divorcio, el aborto o los matrimonios gays (aunque a ellos se les supone solteros, sin hijos y guardando el celibato), pues pertenecen a una organización sectaria, hipócrita y farisea que, superado el breve paréntesis aperturista del Concilio Vaticano II y sofocados inquisitorialmente los vientos de libertad de la Teología de la Liberación, se aleja ahora a toda velocidad de la modernidad, del humanismo, de la tolerancia, del respeto, de la humildad, y me atrevo a decir, de la democracia, la paz y la libertad, para en cambio atrincherarse cada vez más hondamente en las cavernas de la superstición, la soberbia y el despotismo.

¿Qué podemos pensar, decir y hacer ante esta ofensiva oscurantista contra nuestra dignidad y nuestras libertades?

Para empezar, cabe preguntarse si estos actos privados no deberían celebrarse en lugares igualmente privados, y con el dinero de los propios interesados (kikos, opusdeístas, legionarios de Cristo y otros, a los que se sabe bien provistos de recursos...). Los espacios públicos de nuestras ciudades, y los 6.000 millones de euros que, inexplicablemente, todavía recibe cada año la Iglesia de las arcas del Estado, no están para estos menesteres.

Somos ciudadanos de un país con un parlamento democrático que, con mayor o menor acierto, pero con la legalidad y legitimidad que le confieren las urnas, elabora y aprueba leyes que describen y preservan nuestros derechos civiles. Leyes que no obligan a nadie que no lo desee a casarse con una persona de su mismo sexo, a divorciarse o a abortar. Sólo velan porque, si alguien se ve en la necesidad de hacer alguna de estas cosas, no tenga que hacerlo de forma ilegal, ni sea criminalizado por ello.

Lleva la ciudadanía española treinta años intentando edificar un Estado plenamente aconfesional, como parte natural y consustancial a un Estado de Derecho completo. Y treinta años lleva la Iglesia intentando y consiguiendo impedírnoslo, defendiendo con uñas y dientes su fundamentalismo medieval y sus privilegios de otros tiempos, promoviendo activamente el cercenamiento de las libertades de todos los españoles, comulguen o no comulguen con su doctrina. La actitud de esta Iglesia Católica española nos provoca constantemente la impresión de que quieren reinventar una suerte de Inquisición moderna, o de que tal vez no se han enterado todavía de que "españoles, Franco ha muerto".

Pero, mal que les pese, estamos en otros tiempos. Algo que debería, por fin, tener un pleno reconocimiento legal. El vergonzoso y humillante Concordato, una herencia del franquismo que, apenas revisado con la llegada de la democracia, rige las relaciones Iglesia-Estado desde 1953, debería desaparecer de una puñetera vez y para siempre. La plena separación Iglesia-Estado, un principio que aparece claramente reconocido en nuestra Constitución, debe pasar de declaración de intenciones a realidad de hecho, por encima de amenazas, coacciones y privilegios que se escapan a la razón y la justicia.

Tal vez sea hora de que la ciudadanía ilustrada y progresista contraataque ante esta avalancha oscurantista de mentiras e insultos y recupere la calle y la palabra para defender las conquistas sociales que tanto esfuerzo cívico nos han exigido. Por ejemplo, publicando nuestras propias esquelas, rogando una oración por todos esos niños víctimas de pederastia eclesiástica, de la que tantos miles de casos han sido denunciados en Estados Unidos, en Irlanda, en México... o en nuestro propio país. O difundiendo las investigaciones recientemente publicadas sobre la complicidad de la Iglesia Católica española en el secuestro de miles de niños y niñas recién nacidos durante la posguerra civil, práctica criminal por la que la jerarquía eclesiástica tampoco ha pedido perdón a los españoles. O denunciando allá donde sea posible -en las calles y plazas, en los medios de comunicación, en los tribunales si procede- declaraciones monstruosas y denigrantes como las muy recientes del obispo de Granada (haciendo apología de la violencia sexual contra las mujeres) o el obispo de San Sebastián (despreciando y manipulando políticamente el sufrimiento del pueblo haitiano), entre otras.

Y, por supuesto, haciendo uso, como adultos ya pensantes, ilustrados y demócratas, de nuestro derecho a la apostasía (esto es, la rescisión de nuestro contrato de bautismo y consiguiente separación de la disciplina de la Iglesia Católica, a la que sin nuestro consentimiento, y en pleno franquismo, todos los españoles éramos sometidos al nacer). Un derecho este el de la apostasía que todo ciudadano mayor de edad tiene la posibilidad de ejercer, y que la jerarquía eclesiástica tiene, mal que le pese, la obligación legal de facilitarnos.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Honores envenenados. Sobre la medalla de la FAES al rey Juan Carlos



Me siento ciudadano y conciudadano de muchos, y no súbdito ni vasallo de nadie. En consecuencia, no tengo el menor aprecio ni simpatía por la monarquía, ni por la española, ni por ninguna otra. Y además, debo añadir, no me ha gustado ni un pelo que el rey Juan Carlos haya aceptado y recogido el primer Premio FAES de la Libertad "por su defensa de la democracia".


Y ello es así por varias razones. La primera, por supuesto, por el anfitrión: el ex-presidente José María Aznar, que utilizó el acto para alabar el espíritú de una Constitución contra la que él argumentó con virulencia en el arranque de su carrera política, para recordar y reivindicar una Transición democrática en la que él nunca creyó, y para dar lecciones de acuerdo, consenso, integración y concordia, valores que él mismo no fomenta cuando aprovecha cada ocasión que se le presenta para cuestionar la legitimidad democrática del gobierno actual y, de paso, convertirse en el peor embajador que jamás haya tenido España en toda su historia.


¿Para qué, entonces, este premio? Aznar, como presidente de la FAES, quería dar brillo a su Fundación y darse brillo a sí mismo otorgando el premio a alguien "grande" e "indiscutible". Se lo ha concedido al rey, y ya es la segunda vez que utiliza al monarca para sus muy personales afanes e intereses. La primera fue cuando le hizo compartir mesa y mantel con Francisco Correa, El Bigotes y el resto de los "chicos Gürtel", con motivo del enlace principesco entre su encantadora hija y su sospechosísimo yerno.


A mi entender, el rey jamás debió aceptar el honor envenenado de esta Medalla de la Libertad de la fundación FAES. Aznar sólo representa a una parte del PP, y no precisamente a la más comprometida con los valores de la democracia. Comprendo que el rey exija respeto por la Constitución y las instituciones; e incluso puedo dar por buenos, con más resignación que entusiasmo, algunos de los valores que sus incondicionales le han atribuido a lo largo de estos años. Ahora bien, que Aznar hable de libertad, democracia y Constitución arropado por personajes tan siniestros como Esperanza Aguirre, Angel Acebes, Federico Trillo y compañía, me parece tan hipócrita y tan intolerable como que el rey, en su discurso de agradecimiento, destaque la gran labor que desarrolla la FAES en el debate social, económico, político y cultural en España.


¿Qué significa hoy la fundación FAES de José María Aznar en la vida pública española? FAES significa islamofobia, choque de civilizaciones y militarismo neocón; FAES significa clericalismo ultramontano y homofobia; FAES significa capitalismo salvaje y desprecio a los derechos laborales y sociales... ¿Acaso son estos los valores a los que un monarca constitucional debe dedicar un discurso?


Mientras espero paciente y pacíficamente la llegada de una III República que retome en su integridad la legitimidad y la legalidad democrática instituida por los españoles el 14 de abril de 1931, sólo pido, con toda plebeya humildad: que el rey observe una rigurosa neutralidad en su actuación pública y se cuide de honores envenenados como estos. Sobre todo porque, aprovechando el tirón, bien pudiera ocurrir que próximamente la Conferencia Episcopal de Rouco Varela le ofrezca el Premio a la Tolerancia, la Generalitat valenciana de Paco Camps le conceda el Trofeo al Juego Limpio, o la cadena radiofónica de Federico Jiménez Losantos le otorge la Medalla a la Concordia. ¿También estos debería aceptarlos el monarca?


El ex-presidente Aznar, no contento con poner los pinreles en la mesa del rancho de Bush y llevarnos a una guerra criminal y genocida cuyas consecuencias en Iraq y en España todos conocemos, quiere ahora fortalecer su ultrafundación aunque sea a costa de debilitar la institución monárquica. Una institución que, mientras tengamos que seguir soportándola, debería mantener una escrupulosa ecuanimidad en todos sus actos, y que, cuando por fin se extinga, deberá hacerlo por la soberana voluntad democrática de los pueblos de España, y no por las marrullerías de un autócrata iluminado como el ex-presidente Aznar.


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lunes, 23 de noviembre de 2009

El mundo, el demonio, la carne. Sobre los talleres de educación afectivo-sexual de la Junta de Extremadura



Corrían en el plomizo blanco y negro del NO-DO los años 60, y los adolescentes de mi generación vivíamos confundidos, inmersos en ese mar turbulento del pecado, venial o mortal, que a muy duras penas nos permitía un desarrollo emocional equilibrado. Eran aquellos tiempos del "impasible el ademán" y de los tres consabidos enemigos del alma: "el mundo, el demonio y la carne".


El pecado, salvo excepciones, era siempre el mismo, aquel que generaba la tópica pregunta del cura:"¿Cuántas veces, hijo?". Y, dependiendo de la frecuencia, así era la penitencia... Luego, ya perdonado, volver a empezar... a pecar, naturalmente.


No hace falta decir que nuestros maestros en el conocimiento de la sexualidad, en general, y del arte de la masturbación, en particular, fueron entonces nada más que la calle, y el consejo de aquellos amiguetes algo mayores, y más precoces o espabilados.


A lo largo de todos estos años, desde la Transición democrática y hasta la actualidad, se han desarrollado algunos programas de Educación Sexual en las aulas, desde el Ministerio de Sanidad y en algún caso con el refuerzo de los medios de comunicación. Tal vez han tenido más voluntad que acierto; quizá hayan faltado rigor y continuidad; posiblemente se haya avanzado poco. Pero, al menos, ha habido dignos intentos de acabar con tabúes inmemoriales y mejorar el conocimiento y la prevención en general.


Volviendo al inmediato presente, resulta que la Junta de Extremadura, desde el Instituto de la Mujer y el Consejo de la Juventud, ha promovido un curso-taller-campaña de educación afectivo-sexual para jóvenes de 14 a 17 años, titulado "El placer está en tus manos". Y, jugando demagógicamente con este título, y con el hecho de que en algún momento del curso se aborda, naturalmente, el tema de la masturbación (junto a los anticonceptivos, las enfermedades de transmisión sexual, etc.), los de siempre (¡sí, esos, los del fondo a la derecha!), han lanzado una chusca campaña mediática que, sacando de contexto ese aspecto del programa educativo de la Junta, vienen a presentarlo como una especia de "curso de gayolas a cargo del gobierno extremeño". Y para colmo, parece ser que la asociación ultraderechista Manos Limpias ha presentado una querella contra la Junta de Extremadura por... ¡corrupción de menores! (Invito al lector a rastrear en internet las hazañas de estos siniestros persones de "Manos Limpias". ¡Tremenda banda!).


Vamos a centrarnos: lo de las torturas a los internos de un centro de menores extremeño lo vamos teniendo claro (pero aún en cuarentena, a la espera de lo que nos diga la necesaria investigación); lo de la burra de Torreorgaz, lo asumimos abochornados, como parte alícuota de la España negra que nos corresponde; pero esto...


Vivimos en un país en que se practica sin límite el carroñerismo político, da igual que el asunto sea la crisis, el terrorismo o la piratería marítima. Un país con un índice de corrupción galopante, con señuelos y dádivas que van desde corbatas hasta palacetes pasando por cochazos, cocaína y sexo de pago; un país donde la Iglesia pretende legislar sobre símbolos y leyes civiles (crucifijos, aborto, educación para la Ciudadanía...), con chantaje y amenazas de excomunión incluidas, a la espera de la nueva visita del Papa en 2011, con cargo a los dineros del Estado y de la banca, es decir, con dinero de todos y, tal vez, como sucedió en la anterior visita papal, con el jugoso aprovechamiento de algunos "pájaros" (con perdónde los pájaros); un país atacado por la gripe A y la crisis económica; un país en el que se homenajea con el Premio o­ndas a la telebasura más repugnante; un país en que el impresentable Francisco Camps habla de cunetas y fosas con la pretensión de hacerse pasar por un nuevo Federico García Lorca; un país en el que se concede el honor de presentar las campanadas de fin de año a Belén Esteban...


Ese es el país real, y realmente preocupante, al que algunos pretenden despistar con esta cortina de humo del taller extremeño de "gallardas, pajillas, macacas, puñetas, manolas, papitas, peladillas, dedillos, gayolas y pampisulinas", que no sólo son pecado, sino que, involucionando medio siglo en nuestra Historia, nos traerán granos, ceguera, enanismo, enfermedades mentales y hasta la muerte, si el individuo en cuestión se la pela, se la casca, se la pule o se la machaca en exceso. Eso sí, si el trabajo manual se lo hace al infante un miembro pederasta de la Iglesia Católica, se traslada al sujeto de parroquia... y punto. No caerán sobre él ni las amenazas de excomunión de la Conferencia Episcopal, ni la justicia común, ni tan siquiera el desprecio de las muy conservadoras y piadosas "gentes de orden".


No es de extrañar, visto lo visto, que la gente joven con inquietudes sociales se vaya voluntaria a oenegés más o menos lejanas y laicas, o por el contrario, se afilien a botellones y romerías (donde, por cierto, hasta los más juerguistas son contados como fieles romeros), para disfrutar en paz de ciertos placeres, alejados de tanta basura esparcida en nombre de la moral cristiana.


"El mundo, el demonio, la carne", repite machacona, hoy como entonces, esta insufrible carcundia camisazulada que padecemos. Pero hoy son otros los enemigos del alma: la soberbia, la intolerancia, la hipocresía, el fanatismo... O sea, exactamente las virtudes que adornan al padre Martínez Camino, secretario de la Conferencia Episcopal Española, y a los denunciantes del curso extremeño de educación sexual y afectiva.


Francisco Moriche Mateos, noviembre de 2009

Reproducido en Rebelión, Kaosenlared y Extremadura al Día.

lunes, 6 de julio de 2009

Relato de un mal junio. De la actualidad política y el lugar de la cultura


Ha sido este mes de junio un mes malo, muy malo, demencial. Incluso en el continuo despropósito que constituye el curso de los acontecimientos cercanos y lejanos de este mundo nuestro, bien podría parecer que este mes de junio las cosas se hayan despeñado aún más por la pendiente de lo peor.

No resulta fácil para el ciudadano o ciudadana de a pie digerir toda la inmundicia que diariamente le asalta en los titulares de los medios de comunicación. En un mismo día, uno puede empezar desayunándose con las portadas dedicadas al presidente valenciano Francisco Camps, esteta cursi, pulcro, beato e imputado, además de autor de esa memorable declaración de afecto a su buen amigo "El Bigotes" que sin duda merece un hueco destacado en nuestra tradición lírico-amorosa: "Te quiero un huevo, tenemos que vernos y hablar de lo nuestro, que es muy bonito".

Para almorzar, las soberbias e indignas declaraciones auto-exculpatorias de Federico Trillo (fidelísimo legionario del Opus Dei, heroico conquistador de la ínsula de Perejil y canonizador de su exigua población de cabras semisilvestres), tras la sentencia condenatoria contra sus subordinados directos tras la catástrofe del Yak-42, que él gestionó como ministro de Defensa, bajo el liderazgo inspirador de José María Aznar.

Y para cenar, los testimonios escalofriantes sobre los miles de niños, hoy adultos irlandeses, sometidos durante años a atroces torturas y violaciones en centros educativos regentados por la Iglesia Católica. ¿Sabemos los nombres de los demonios de azabache y púrpura que destrozaron las vidas de esos niños, de los pederastas y torturadores? No. El alzacuellos les basta para esquivar la acción de la Justicia. ¿Y la curia vaticana, qué dice? Muchas excusas vanas, algún discreto cambio de parroquia o ingreso conventual... ¿Y qué dice la Conferencia Episcopal española? Que violar niños puede estar mal, pero que sin duda mucho peor es abortar y eso es legal, así que hay que ser indulgente con sus pecadillos. Teniendo en cuenta que se benefician de los impuestos de todos, resultaría decoroso que los sepulcros blanqueados de la Conferencia Episcopal fingieran al menos un mínimo de respeto por el Estado y el Código Penal (por cierto que, inexplicablemente, el autor de estas declaraciones, monseñor Cañizares, no ha sido aún llevado ante los tribunales por apología de la pederastia, ¿a qué espera la abogacía del Estado?).

Y así, empapado de noticias tristes y desazonantes, se va el ciudadano a la cama. Pero junio no ha terminado aún. Aún quedan días para ser testigo de más despropósitos.

Un día es Berlusconi paseándose, con esa pose de padrino mafioso de película yanqui, en alguna de sus decenas de mansiones fastuosas, rodeado de un harén de adolescentes semidesnudas y seguido por un babeante séquito de invitados de la clase política, periodística y empresarial italiana y europea. Y el pueblo, mientras tanto, entre atónito, divertido y cómplice, sigue riendo los chistes de su capo-presidente y regalándole holgadas mayorías en las urnas. ¿Qué cosa terrible le está pasando a los italianos?

Al día siguiente, el llamado "caso Gürtel" y sus ramificaciones, interminable culebrón de espías, corruptos, caciques, micrófonos ocultos, billetes de 500 euros y trajes de lujo que salpica hasta lo más alto en el Partido Popular y sus gobiernos de Madrid y Valencia... O, también en Madrid, la inhumana cacería desatada por la administración Aguirre contra el personal del Hospital Severo Ochoa de Leganés, acusándoles sin ningún fundamento de cometer cientos de asesinatos... O las trapacerías de Camps para boicotear la aplicación de las leyes educativas en la Comunidad Valenciana... Camps, Aguirre, Fabra, Lamela... ¡Y pensar que todos estos personajes han salido contentos y reforzados de las pasadas elecciones europeas! ¡País!

Y sigue quedando mes, suficiente para atender a más informaciones dramáticas (atentados talibanes en Pakistán, bombardeos norteamericanos en Afganistán, pruebas nucleares en Corea, manifestantes tiroteados en Irán, sindicalistas asesinados en Latinoamérica, inmigrantes ahogados en el Estrecho...), a más informaciones vergonzantes (los miles de millones de euros invertidos en megalómanos fichajes futbolísticos, que luego serán rentabilizados gracias a una clase trabajadora alienada y complaciente que, en medio de una crisis aterradora, compra camisetas oficiales de sus ídolos a precios de escándalo y adora conocer cada lujoso detalle de su ostentosa forma de vida...).


En momentos como este, la conciencia dolorida y la atención saturada encuentran un balsámico sosiego en la cultura y en las artes. Afortunadamente en Hervás, esta pequeña comunidad que componemos y este pequeño rincón del universo que habitamos, es posible encontrar a menudo este puerto de acogida para el ánimo y la razón. En el último mes hemos disfrutado, los jueves, de las excelente películas de "cine de autor" patrocinadas por la Caja de Ahorros; también, de unas fantásticas y entrañables jornadas de títeres y animación (gracias, Miguel y Cecilia); de los conciertos de las jóvenes promesas de la música clásica en el Museo Pérez Comendador (gracias, César); de una conmovedora conversación abierta, sobre la dignidad en la vida y en la muerte, con ese hombre decente y ciudadano ejemplar que es el doctor Luis Montes (gracias, don Luis, gracias, Ateneo Libertario); sin olvidar los buenos ratos de música moderna en algunos bares de la localidad, la buena información de La Cronica del Ambroz en papel e internet y la amena compañía de Radio Hervás desde las ondas... Todo ello, gratuitamente, en horarios accesibles y apenas a un paso de casa...


Es una fortuna tener al alcance de nuestros sentidos todas estas experiencias tan gratas y enriquecedoras. Pero ocurre que, tarde o temprano, la tapa del piano se cierra, los títeres vueven a su caja, la película alcanza los títulos de crédito, y ya estamos de nuevo frente a la realidad, que vuelve, como sombra machadiana, "inútil, dócil y muda", para asfixiarnos de guerra, de crisis, de privilegios, de injusticias, de terror, de balas, de lágrimas... Vuelve también entonces esa terrible sensación de que los seres humanos somos la mayoría del tiempo unos completos estúpidos, y que, aunque hemos sido capaces de conquistar cimas impresionantes en el campo de la expresión artística y cultural, en lo que respecta a nuestra convivencia colectiva nos queda mucho por hacer hasta poder presumir de ser, de verdad, una sociedad civilizada y una especie inteligente.

Francisco Moriche Mateos, junio de 2009


Difundido también a través de KaosExtremadura.

jueves, 28 de mayo de 2009

Impuestos, ¿para qué? Sobre impuestos municipales y valores cívicos


Pensé, en un primer momento, dedicar este artículo al destino de nuestros impuestos a escala nacional y autonómica: la macroeconomía, los millonarios presupuestos de ministerios y consejerías, las grandes infraestructuras y servicios públicos... Sin embargo, he preferido en esta ocasión reflexionar sobre algo mucho más cercano: el destino de nuestros impuestos a nivel local, para qué pagamos impuestos y qué recibimos a cambio de ellos los hervasenses.


Recuerdo dos pequeñas anécdotas, ocurridas hace algunos años en ese jardincito ubicado entre el antiguo Colegio y el Ayuntamiento. Cierto día, una señora mayor animaba cariñosamente a su perrito para que defecara en el césped. Otra señora algo más joven se lo recriminó, indicándole que ese no era el lugar adecuado. Pocos días más tarde, al salir de clase, un niño se balanceaba sobre las cadenetas de hierro que sirven de cierre al mismo jardín, en presencia de su madre. Alguien le dijo al niño que no debía hacer eso.


Ambos episodios tuvieron el mismo desenlace. Tanto la dueña del perrito como la madre del niño, curiosamente, contestaron de forma idéntica: "¡Oiga, que para algo pagamos impuestos!".


Pues no, mire usted. Pagar impuestos nos da derecho a recibir mejores servicios, pero no nos autoriza a convertirnos en peores ciudadanos.


Desde luego que tenemos derecho a pedir (o mejor dicho, a exigir) la existencia y la constante mejora de todo tipo de servicios municipales: centros de salud y de enseñanza, espacios para la participación ciudadana, la cultura y el deporte, servicios de protección civil y seguridad, buena atención a nuestros mayores, cuidado de nuestro medio ambiente... E incluso, si sobra dinero de todo lo anterior, también un buen programa de festejos. Y todo ello solicitado (o mejor dicho, exigido) donde corresponda: en el Ayuntamiento, en el Centro de Salud, en el Colegio, en el SEXPE... Y si es menester, ante instancias superiores, incluidos los tribunales de justicia. Porque para todo eso pagamos impuestos los hervasenses.


Ahora bien: para que el perro haga caquita en el césped o en la calle; para que el niño siga columpiándose hasta romper la barandilla; para desahogar el enfado o la borrachera contra un seto, una farola o una papelera; para escupir en el suelo; para llenar de desperdicios la muralla del parque y otros lugares de uso público; para incumplir las normas de tráfico y del sentido común a bordo de un vehículo de dos o cuatro ruedas; para tirar la basura a cualquier hora del día y abandonar un colchón o un frigorífico cuando y donde nos apetezca; para injuriar a cualquier convecino en público (o, como ahora esta de moda, utilizando las nuevas tecnologías de un modo miserable, cobarde y anónimo); para impedir a balonazos o con carreras de bici o patinete el tranquilo paseo por una calle peatonal; para llevar perros sin correa ni bozal por la vía pública; para convertir la fiesta propia en el penoso insomnio de los demás; para envenenar ríos y bosques con escombros y residuos peligrosos... Pues no. Para todo eso, y para otras tantas cosas similares, no es para lo que pagamos impuestos.


Más bien, pienso que desterrar estos comportamientos, incívicos e irresponsables, es lo que nos falta para convertirnos, de una puñetera vez, en ciudadanos de primera. Ciudadanos tan exigentes con nosotros mismos como con las instituciones que nos representan. Ciudadanos que con su nuestro propio comportamiento demos ejemplo de todo lo que después vamos a exigir a nuestros representantes. Ciudadanos educados, respetuosos, tolerantes, solidarios. Ciudadanos con valores cívicos. Ese es el primer paso. Y luego, a partir de ahí, a luchar por todo lo que en justicia nos corresponda.

Publicado en La Crónica del Ambroz, abril de 2009

martes, 3 de marzo de 2009

El padrino. Sobre Silvio Berlusconi, el Vaticano y la muerte de Eluana Englaro

El tipo en cuestión acumula un ingente capital, medios de comunicación y poder político. A lo largo de su larga carrera ha sido playboy, cantante melódico, rico empresario, corruptor de voluntades, mafioso impune, galán narciso y machista. A base de cirugía estética y masivos implantes de cabello, trata de aparentar una juventud que, a sus casi 73 años, ya debería resignarse a haber dejado atrás. Es un talibán que practica el más crudo fundamentalismo en lo social, en lo político y en lo religioso. Sin el menor recato, hace aprobar decretos y leyes, cosidos a medida, para esquivar causas judiciales que llevarían a cualquier ciudadano a la cárcel durante décadas. Desprecia la libertad, la democracia, las leyes y la justicia; es xenófobo y autoritario. Dicta decretos racistas, discriminatorios e injustísimos contra los inmigrantes, y jamás pierde su valioso tiempo hablando de ayudas al Tercer Mundo, de hambrunas como las de África o de guerras como las de Medio Oriente. En pocas palabras, es un tipo impresentable y repugnante, además de, inequívocamente, un fascista. Se llama Silvio Berlusconi.

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